Por motivos ajenos a mí, voy a tener que clausurar la publicación de críticas y noticias durante un tiempo. Y no se me ocurre mejor manera de hacerlo, que dedicando la última entrada a este clásico del cine de mafia, a esta reina de las películas… Me refiero a una de mis películas favoritas: El Padrino. Pero El Padrino I, solamente. De la segunda parte de esta trilogía, sólo son interesantes las escenas relativas a la juventud de Vito Corleone. Y de la tercera parte, mejor ni hablaré…

Pretender decir algo novedoso de esta película que no se haya dicho ya, sería muy vanidoso por mi parte. La verdad es que ni siquiera me veo capacitado para analizar esta obra de arte. Supongo que con estas frases, comprenderéis lo que significa para mí esta película.

Esta vez, no voy a cansaros con una sinopsis. Si a estas alturas no habéis visto y disfrutado este excelente film, no tenéis perdón de Dios. Iré directamente al grano, pero antes, permitidme que os deje la primera escena de esta película…

Empezaré por los aspectos técnicos. La dirección de Francis Ford Coppola es, lógicamente, magnífica. Solo él podía haber captado los matices de esta historia, y hacerlos comprensibles y admirados, tanto por seguidores de Mario Puzo y su obra, como por personas que la veían por primera vez. La fotografía es exacta, adecuada. Muestra claramente cada acontecimiento con una visión peculiar, al más puro estilo del cine negro. Toda esa simbología visual con las naranjas… Sencillamente, brillante.

Ahora, pasaré a detallar mi parte favorita de toda crítica: las actuaciones de los personajes. A lo mejor es porque, entre otras muchas cosas, soy actor de cine frustrado.

Sin duda alguna, Marlon Brando es el astro rey de este drama. Sin él, sencillamente no haría película. Brando logró coger a ese personaje tan interesante de la novela de Puzo y, sin robarle credibilidad ni un ápice siquiera de carácter al personaje, lo convirtió en un Vito Corleone único, una de las mejores interpretaciones de la historia. Por cierto, leí que la voz ronca y los bultos de la cara, se le ocurrieron a Marlon Brando mientras hacía el payaso para divertir al resto de la producción. Cosas de la vida.

En realidad, todos los personajes están perfectamente caracterizados. Incandescente es un joven James Caan, en el papel de Sonny Corleone, el hijo impulsivo y violento de Vito Corleone, y heredero de su imperio mafioso. Tessio y Clemenza son clavados también a cómo me los imaginaba. Robert Duvall, actor al que admiro mucho, encaja perfectamente  Tom Hagen, el abogado de la familia, e hijo adoptivo de los Corleone. Por otra parte, el espectador tiene que esperar a la mitad de la película más o menos, para que un jovencísimo Al Pacino desvele todo su potencial como Michael, el hijo menor de Vito Corleone. De hecho, según Coppola, estaban muy decepcionados con su actuación hasta ese preciso momento. El momentazo en que Michael, gélido como el hielo, demuestra ser digno hijo de su padre, disparando a sus enemigos en la cara sin un gesto de compasión. También Diane Keaton deja reposar en esta película su gran talento (sobresaliendo notablemente en las siguientes dos) hasta el gran final, cuando Michael la pega con la puerta en las narices. Tarde, Kay, no sabes dónde te has metido.

Para finalizar, y destruyendo una traidición, no añadiré momentazos de esta película. Son tantos, y tan buenos, que me sería imposible decidirme entre los mejores, e incluirlos en solo un post.

Hace tiempo que se dejó de emitir, y hace tiempo también que terminé esta fantástica serie, pero no se me ocurre una manera mejor de ir cerrando este blog durante una temporada, que hablar de Deadwood, una de las mejores series que he visto, y una de las mayores injusticias de la HBO.

Deadwood es un drama ambientado en el Oeste americano, un western puro, trasladado a la televisión. Con una ambientación inmejorable, una buena fotografía, unas perfectas interpretaciones y un guión que no pega demasiadas patadas a la historia, Deadwood se hizo un hueco en el ranking de las mejores series en la historia de la HBO.

Deadwood, narra la historia de la fundación de este pueblo en 1870, en Dakota del Sur. El descubriendo de varios yacimientos de oro, atrajo a muchas personas a ese lugar recóndito y sin ley. Los más duros y astutos fueron los fundadores del pueblo, y, como una mafia local, decidieron administrarse al margen de Estados Unidos. Deadwood nació en un vacío legal.

Una se las escenas más impactantes de la serie…

Basada en hechos reales, con personajes que existieron (aunque algunos personajes y acontecimientos son ficticios), Deadwood narra la fundación del pueblo, y cómo sus habitantes luchan para hacer que prevalezca.

Es muy resumido, pero aún puedo resumirlo más: trapicheos, juegos sucios, borrachos, prostitutas, revólveres, peleas a cuchillo, buscadores de oro, saloones, whisky, indios… Todo eso es Deadwood.

Respecto a las interpretaciones, sin duda la más brillante de todas es Ian McShane con su carismático personaje Al Swearengen, el “mafioso” y propietario del burdel más conocido de Deadwood, y la araña que teje sus hilos y su influencia en toda la ciudad. Ian McShane es un actor que nos tiene acostumbrados a grandes interpretaciones, pero para mi, Swearengen es uno de los mejores personajes que ha hecho.

Por otro lado, tenemos a un más que aceptable Timothy Olyphant, en el papel de Seth Bullock, el justo e implacable sheriff de Deadwood; al histórico Charlie Utter, muy bien caracterizado por Dayton Callie; al entrañable y bondadoso Ellsworth, con un siempre genial Jim Beaver; y, aunque su aparición en Deadwood fue breve (como la historia real exigía) no puedo evitar mencionar a Keith Carradine, en el papel del pistolero Wild Bill Hickock, una de las mejores actuaciones en mi opinión, de Carradine.

Lo criminal fue cortar esta magnífica serie en la 3ª temporada, y más tal y como acabó… Como bien dijo Ian McShane en una entrevista “de Deadwood podrían haberse hecho 2 o 3 temporadas más”. Y es completamente cierto. Una legión de fans saltó sobre la HBO intentando que la renovasen una temporada más, al menos para conocer el final de tan buenos personajes y tan intrincado argumento. Pero no hubo nada que hacer, la decisión estaba tomada.

Se habló durante un tiempo de lanzar dos películas con un apoteósico final para la serie, pero el proyecto no cuajó. Así que a los fans a ultranza solo nos quedan los buenos momentos que pasamos con esta serie…

Si hace unos años alguien me hubiese contado lo que me dispongo a escribir ahora, probablemente se habría ganado un par de insultos. Espero que con esta frase, comprendáis lo mucho que me gustaba esta serie, sus personajes, su historia… Todo. Y espero que, con esa frase, entendáis cuánto me duele afirmar esto: Sobrenatural apesta.

Atención: si no habéis visto la quinta y sexta temporadas, no leáis más. Prevengo.

Después del INCREÍBLE y BUEN final de la 5ª Temporada, que nos dejó a todos con lágrimas en los ojos, al ver un final tan emocionante y bien construido, yo me encontraba en el cénit de mi cariño y respeto hacia la serie. Claro está que las últimas temporada habían sido un poco flojas, ya que la batalla entre ángeles y demonios, y el Apocalipsis que nunca llegaba, ralentizaron bastante el ritmo dela acción. Pero todo esto estaba subsanado con personajes más que correctos como Castiel, Chuck, Crowley e incluso Zacariah. Y también con episodios épicos como el de Paris Hilton, el del futuro apocalíptico, el de Dean viejo, o por supuesto, mi favorito, el episodio de “Chaging Channels”, entre muchos otros. Tuvo un par de errores garrafales, como todo lo perteneciente o relativo al “Tercer Hermano Winchester”… Vaya cagada.

Muchos de los fans, pensamos que la serie debía quedarse ahí. En el preciso momento en que la cámara se aleja, y Dean disfruta de su nueva vida con Ben y Lisa. Pero… ¡Un momento! ¡¿Qué coño…?!

¡Tachaaaaaán! ¡Nueva temporada! ¿Qué les quedará por decirnos a los fans de Sobrenatural? Pues nada. Absolutamente nada. Un cúmulo de episodios cada vez más absurdos, con un par de puntos y capítulos buenos, que nos recuerdan la extinta calidad de la serie (muy bueno “The French Mistacke”), y muchas, muchas, muchas estupideces sin ningún sentido.

La primera mitad de la 6ª temporada ya tenía las suyas. ¿Crowley tratando de encontrar el purgatorio? ¿Un capítulo exclusivo sobre el día a día de Bobby Singer? Muy bien, muy buenos puntos. Pero llegamos al quid de la primera parte: Sam es malo. ¿Por qué? Es sencillo, porque no tiene alma. Es un cuerpo reanimado por váyase usted a saber qué, pero que carece de sentimientos humanos, lo que le hace ser despiadado y un inmejorable cazador. Estupendo. Lo gracioso de Sam era su humanidad y sus ojos de cachorillo que convencen a todos, su contrapartida con Dean, más bruto y afilado que su hermano, a pesar de que uno estaba destinado al “mal” y otro al “bien”. Pues ahora Sam es Jack Nicholson en el Resplandor. Buena esa.

Y cuando por fin le devuelven el alma a Sam, y parece que todo vuelve a la normalidad, con una nueva mala aterradora, que quiere cargarse el mundo, and again, and again… Comienzan los capítulos aburridos a más no poder, quitándose personajes importantes del medio porque sí, y usando viajes en el tiempo y referencias a otras películas que, si bien deberían potenciar la trama y hacer un capítulo divertido, lo convierten en algo absurdo a más no poder, y un escupitajo al guión.

Ya está anunciada la 7ª temporada… Espero que al menos la 6ª acabe de una manera interesante.

Es de mis películas favoritas, lo reconozco. En realidad, su antecesora Lock, Stock and Two Smoking Barrels, y su predecesora Rocknrolla, también son de mis películas favoritas.

¿Que diablos? Todas las películas de Guy Ritchie son mis favoritas. Excepto Barridos por la MareaMadonna, dedícate a cantar y enseñar partes de cuerpo, mejor.

Podría tirarme horas (lo prometo) hablando de “Snatch”. Recordando frases, momentazos… Sería imposible contenerlo todo en este blog, por lo que con todo el dolor de mi corazón, intentaré de ser breve.

Turco (Jason Statham) y Tommy (Stephen Graham) son dos promotores de boxeo, que tratan de sobrevivir al día a día, amañando combates y ganándose la vida como pueden, en los suburbios de Londres. Un día, deciden hacer negocios con el mafioso local “el Ladrillo” (Alan Ford), un tipo sin escrúpulos y cruel a más no poder, cuya mayor diversión es echar a sus enemigos a los cerdos. Necesitarán un buen púgil para “el Ladrillo”, y no se les ocurre otra cosa que recurrir a Mickey O’Neill (Brad Pitt), un gitano duro y tramposo. Paralelamente a esto, el traficante de diamantes americano Avy Denovitz (Dennis Farina), contrata a Franky “Cuatro Dedos” (Benicio del Toro) para que robe y transporte un diamante para él. Cuando Franky desaparece, Avy decide ir a Londres y recuperar su diamante. Para ello contará con la ayuda de Tony “Dientes de Bala” (Vinnie Jones).

Huelga decir, que cuando todos estos personajes (y muchos más) se junten, se armará una seria, en la que las carcajadas serán inevitables. “Snatch” es una película con un guión brillante, ocurrente, con bromas bien usadas y personajes curiosos y bien construidos.

La fotografía de esta película es impecable, como sucede habitualmente con las películas de Ritchie. Y también, como es típico del director, las escenas de acción a cámara lenta son su firma y abundan en los mejores momentos del film.

Respecto a interpretaciones, Brad Pitt y Dennis Farina brillan con luz propia, uno como el gitano boxeador al que no se le entiende nada de lo que dice, y otro como el Primo Avy, un personaje hilarante, con el que es imposible no reírse cada vez que coge un avión hacia Londres, y con sus comentarios sobre la ciudad. Statham es Statham, en uno de sus mejores papeles, demostrando que no sólo sabe hacer de tipo duro. Y otros dos personajes que  valoro positivamente son Boris “el Esquivabalas” (torcido como la hoz soviética y duro como el martillo que la atraviesa), de los mejores personajes que se le han ocurrido a Ritchie, y Tony “Dientes de Bala”, que logra asustarnos a nosotros y a los dos tipos que intentan atracarle, con sólo un discursito bastante inspirado.

Y ahora… A la mierda.

Al lector que no me conozca puede parecerle que sólo escribo sobre películas que me gustan. Es cierto, las que no me gustan no merecen ni ser criticadas. Pretendo siempre animar a los lectores a ver películas buenas, a que el tiempo que gastan en ver una película o serie sea bien aprovechado. Si no lo consigo, lo siento. Otra de las razones es que odio ver una crítica negativa sobre una película, especialmente si esta me ha gustado. Creo que todos los productos que salen hoy en día merecen una oportunidad, y que todos tienen cosas buenas y cosas malas. Nada es horrible completamente. Bueno, a excepción de “The Human Centipede”… Aunque seguro que algo bueno tiene.

La película de la que os vengo hablar hoy es Harry Brown. Podríamos definirla muy pobremente como un Gran Torino europeo. Para mí, Gran Torino (de Clint Eastwood, un maestro) es una película espectacular, con una historia estremecedora y unas geniales interpretaciones. Pero “Harry Brown” es distinta.

Aborda los mismos temas que su antecesora americana: la vejez, los cambios inexorables, la violencia del mundo… Pero de otra manera más europea, más de nuestra casa. Si “Gran Torino” hablaba de las diferencias raciales, los conflictos étnicos y la violencia de las bandas (unos temas muy estadounidenses), “Harry Brown” habla sobre la juventud europea: cómo carecen de esperanzas, perspectivas de futuro, y como se aburren como ostras, degenerando este aburrimiento en las prácticas más viles. Esta película hace una disección sin piedad de un estrato de la sociedad del que muchos se han olvidado.

Michael Caine es Harry Brown, un anciano ex militar que vive en un suburbio de Inglaterra, rodeado de jóvenes traficantes de droga, jóvenes drogadictos, jóvenes vándalos, y jóvenes busca broncas, que se dedican a hacerles la vida imposible al resto del barrio, por simple aburrimiento. Y claro está, un día le buscan las cosquillas al hombre equivocado. Es ahí donde vemos a un Caine distinto, un tipo frío y despiadado, como jamás hemos visto a este conocido actor inglés. Caine devora la pantalla, pero en un rol en el que no nos tiene acostumbrados.

“Harry Brown” es un canto al presente que se vive en muchos barrios europeos, y una gran película que, aunque cae a veces en los tópicos del género, resulta ser una buena opción de entretenimiento.

Momentazos: los que la hayan visto coincidirán conmigo en que la escena donde Harry va a “comprar” un arma, es de las más tensas que he visto. Impresionante.

1954, un manicomio de máxima seguridad en una isla, donde se encierra a los dementes más perturbados y peligrosos… Dos federales que acuden allí a buscar a una extraña paciente, Rachel Solando, que ha desaparecido de su habitación… Una tormenta que les deja incomunicados…

Mi sentido Lovecraftiano se ha activado. No os preocupéis, en Shutter Island no salen más monstruos que los propios seres humanos y sus demonios interiores, su locura insana, contra la que la mayoría no pueden luchar.

Leonardo DiCaprio, aquel joven tontaco que tanta rabia me dio en Titanic, vuelve a demostrarnos, con un potente “¡zas, en toda la boca!” lo buen actor que es. En esta ocasión, encarna magníficamente a Teddy Daniels, un agente federal con un pasado turbio y varios problemas mentales.  Es alucinante la progresión de este actor, desde sus comienzos hasta la actualidad, viendo la calidad de sus interpretaciones en sus últimos proyectos como Origen, Gangs o f New York o Infiltrados. Es agradable ver que había potencial en ese chico guapete, que, escépticos como yo, pensábamos que se iba a quedar en una simple cara bonita. Me retracto, señor DiCaprio.

¿Qué se puede decir de Shutter Island? Para mí es sobrecogedora. No sólo la crudeza del guión, basada en la obra homónima de Dennis Lehane (autor de Mystic River), sino el ambiente opresivo y de terror gótico, que Martin Scorsese ha logrado reproducir en la película.

Scorsese logra colocar al espectador en un estado de tensión y miedo incoherentes. Miedo sobre todo a lo desconocido, y a ese rincón de la mente que todos tenemos, y que nos susurra palabras malvadas. Esa región del cerebro donde se halla la más primitiva locura.

Respecto a las demás interpretaciones, Ben Kingsley no brilla con su especial talento al que nos tiene acostumbrados, limitándose simplemente a interpretar un papel sin muchos matices, el del doctor John Cawley. Destacar sobre todo las interpretaciones de Max Von Sydow, como el intrigante doctor Naehring y la fugaz aunque impactante interpretación de Jackey Earle Haley, como el demente psicótico, George Noyce.

Y si, el final es previsible, lo adiviné al cuarto de hora de película, pero no me impidió en absoluto disfrutarla como se merece.

Momentazos: la loca del principio, con cuello rajado y mandando callar a Leonardo DiCaprio con el dedo, aún sigue en mis pesadillas. Y por supuesto, las ensoñaciones y alucinaciones de DiCaprio con Dachau y su antigua vida. Ponen los pelos de punta.

Si, se acabó, no más películas de los Coen. Esta es la última, lo prometo. A este paso, el blog va a estar dedicado solamente a ellos…

¿Qué se puede decir de esta extraordinaria película? Dos nombres: Jeff Bridges y John Goodman. Ya está. Con ellos, y con sus fantásticas interpretaciones, la película está servida.

Jeffrey Lebowski (Jeff Bridges) es un vago, fumador de porros y desempleado hippy, apodado “The Dude” (“El Nota” en la versión española) que sólo vive para engullir “rusos blancos”, su cóctel favorito, fumar marihuana y jugar a los bolos, junto a sus amigos, el papanatas e incomprendido Donnie (Steve Buscemi, otro habitual de las películas de los Coen) y el belicoso y furibundo Walter Sobchak (John Goodman).

La vida del Nota es apacible y tranquila, y vive como un rey. Su única meta en la vida es ganar el campeonato de bolos y que todo siga como hasta ahora. Lógicamente, esto le dura poco. Unos matones le confunden con otro Lebowski, un millonario y filántropo famoso con su mismo nombre, y le golpean y mean en la alfombra. El Nota, cabreado por la intrusión y la paliza, acude al Gran Lebowski para pedirle cuentas y una alfombra nueva. Esta acción supondrá un giro completo en la vida del Nota, ya que le supondrá una multitud de problemas a cada cual mayor, en su mayoría empeorados cómicamente por su amigo Walter.

Estamos ante una de las mejores películas de los Coen, en mi humilde opinión. No sólo por su personaje principal, carismático como sólo Jeff Bridges es capaz de hacerlo, y cuyo estilo de vida llegó incluso hasta inspirar una religión con su nombre. Y tampoco por sus personajes secundarios, como el magistral Walter de John Goodman, o el divertido Donny de Buscemi. O incluso los alemanes nihilistas capitaneados por Peter Stormare, también unos personajes épicos. “El Gran Lebowski” lo tiene todo: un sólido guión, una buena fotografía, una genial dirección y notables actores.

Momentazos: los sueños inconscientes del Nota, son de lo mejor de la película, y uno de los aspectos que la convirtió en una cinta de culto, pero sin duda, el mejor momento de la película es la pelea final con los nihilistas. Hilarante y trágica, como sólo pueden hacerla los Coen. Y por cierto, gracias a esta película, quiero probar un “ruso blanco”.